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Mostrando las entradas etiquetadas como Alcohol

Decisión y contra-decisión

¿Qué es lo que pasa conmigo? ¿Soy tonta? ¿No escarmiento? ¿O es que soy masoquista? Sí, he vuelto a acostarme con Juan. Pero no ha sido una simple recaída y ya está... No hemos dejado de acostarnos desde que lo dejamos. Cada vez que viene a la ciudad hay una buena excusa para vernos... Tomamos algo y... Y si le digo que no, si alguna vez cojo fuerzas y le digo que no, me llama cuando acaba la juerga con sus amigos, a eso de las seis de la madrugada, y yo, no es que no le diga que no, es que ni siquiera le dejo preguntar y ya le estoy abriendo la puerta y (como dice mi amigo Richard) las piernas... La semana pasada intenté plantarme. Soy muy valiente y muy sensata yo hablando por teléfono. Estaba enfadada porque el domingo pasado habíamos quedado, porque tenía que darme unos papeles para el abogado del sindicato y no apareció. Entonces me dijo que no había quedado conmigo porque me veía muy insistente y que tiene miedo de que yo piense que vamos a volver. Entré en cólera. No le dije nad...

La señal

No sé si el destino existe, ni si existen las señales o los avisos del destino. Pero si existen lo de esta noche, sin duda, lo ha sido. Una señal enorme con luces de neón que reza en grande un mensaje muy claro: PARA. Primero, la romería, y aquel sentimiento de inferioridad, de verme en un lugar en el que no pinto nada y en el que no me apetece estar, con la única cosa en la cabeza de: “en cuanto esto acabe llamo a TS”. Luego su indiferencia al teléfono. Luego, el sentimiento de soledad y de “¿qué hago yo aquí?”. Y cogí el coche, con todo lo que había bebido, y me volví a la ciudad. Pero, en vez de irme a casa a dormir y olvidar, que es siempre la mejor terapia, decidí salir. Y decidí hacerlo con Eusebio y su mujer. Y ya sabía desde que iba saliendo que iba a volver a caer en el desastre. Y lo hice. Me tomé la primera raya de coca. Y ya sabía que esta vez no iba a ser como las caídas anteriores. Lo sabía y aún así no paré. Sabía que esta vez no iba a ser una y me olvidar...

Maratón de locuras

Vaya días... Llevo desde el miércoles sin escribir, porque mi vida ha sido absolutamente maratoniana desde entonces. Maratoniana y confusa, tanto como mi pequeña cabecita. A veces creo que sigo siendo una niña jugando a ser mayor, como cuando de pequeña me sentaba en la oficina de mi padre y hacía como que cogía el teléfono y tomaba notas en la agenda. Igual de inmadura e igual de ingenua y alocada me veo en estos momentos. Pero bueno, empezaré por el jueves, ¿no? ♠ Jueves, una confesión a destiempo y un reencuentro inesperado. Habíamos quedado, supuestamente, todos los de la oficina para salir esa noche, aprovechando que el festival de jazz estaba en el centro y que había sido el cumpleaños de TS como excusas. Desde por la mañana empezó TS a darme la barrila con si iba o no iba a salir. Y yo venga a darle largas. "No sé, ya veré, depende". "Pero ¿de qué depende?". "De cosas". "¿Qué cosas?". "Bueno, que ya veré, tú ve diciéndome quién va y y...

¿Un impulso?

Anoche me llamó TS. Ayer fue el único día desde que llegué que no le llamé y lo hizo él, a las 2.30 de la madrugada. Estuve fría con él. Me llamó para preguntarme la dirección de mi casa porque se iba a quedar en ella una compañera. Se la di. Luego me contó que habían salido todos los de la oficina, incluido el director, que había una juerga estupenda por las fiestas de la ciudad y que se me echaba de menos por allí. "Se te echa de menos por aquí, se comenta", dijo con su particular forma de hablar. Me hizo mucha gracia el acento vasco que se le pone borracho. No me había dado cuenta hasta anoche. Supongo que porque es la primera vez que le escucho hablar borracho sin estarlo yo. Me preguntó si estaba durmiendo sola o acompañada. "Acompañada", mentí. ¿Por qué mentí? No lo sé. Me salió solo. Supongo que por fastidiar. No sé. Luego me dijo que lo sentía. Supuse que por llamar a esas horas y contesté: "no pasa nada". Entonces especificó: "no, que lo sien...

Cuando quieres ser un avestruz...

Dicen que el amor mueve el mundo. Si así fuera, los días hoy por hoy, en vez de veinticuatro, tendrían al menos cien horas. El amor está desvirtuado en estos días. Estar enamorado se ha convertido en un síntoma de debilidad, sobre todo para las mujeres que pretenden hacerse valer como personas. Es inevitable. El hecho de que los demás puedan saber que se nos mueve un músculo debajo del pecho, nos hace sentir más vulnerables. Todos nuestros miedos salen a flote y nos sentimos pequeñas y desprotegidas. Nos sentimos observadas y ridículas. Y más aún cuando el destinatario de nuestro enamoramiento es una persona que parece estar muy lejos de nuestro alcance. Así me sentí anoche: pequeña y ridícula. ¿Cómo se me pudo ocurrir proponerle abiertamente al Turichuli (así le llamaré) que se viniera conmigo a casa? Sobre todo sabiendo que su novia le esperaba dormidita en casa. Y lo peor es que no me di cuenta de la tontería que estaba haciendo hasta que me rechazó. Eso me pasa por encapricharme co...